Artículo · Septiembre 2026

Cuidar también enferma cuando nadie cuida al cuidador

Por Laura Cueto Villaverde, terapeuta ocupacional

Mesa de cuidador con medicación, agenda, taza y lista de tareas, con persona mayor al fondo en un sillón

Tres noticias de esta semana que cuentan lo mismo

Esta semana han coincidido tres noticias que, por separado, podrían pasar desapercibidas. Juntas, cuentan algo que en consulta llevamos años viendo y que los datos acaban de confirmar: el cuidado familiar sigue siendo invisible para el sistema. Y eso tiene un coste enorme — no solo para quien cuida, sino para la persona a la que cuida.

Un estudio español con 196 cuidadores. Una jornada del IMSERSO sobre soledad en cuidadoras. Y la aprobación en el Congreso de la reforma de la Ley de Dependencia. Tres piezas que apuntan al mismo lugar.


El dato: casi seis de cada diez

El estudio presentado el 17 de septiembre por Roche España analizó a 196 cuidadores no profesionales de personas con deterioro cognitivo leve, con participación de 19 Unidades de Memoria de todo el país. El resultado: el 59,7% presenta una sobrecarga significativa.

Casi seis de cada diez. Y hablamos de personas que cuidan a alguien con deterioro cognitivo leve, antes incluso de que exista necesariamente una situación de dependencia avanzada. En el momento en que todavía hay muchas dudas, en que el diagnóstico es reciente, en que la familia está intentando entender qué está pasando y reorganizar su vida alrededor de algo para lo que nadie la ha preparado.

El estudio también señala algo que pocas veces se dice en voz alta: las mujeres cuidadoras presentan niveles más elevados de sobrecarga, ansiedad y estigma que los hombres, independientemente de la gravedad de los síntomas de la persona con DCL o de la duración del cuidado. El estudio no dice que las mujeres sean más vulnerables. Lo que sí muestra es que ellas presentan mayor sobrecarga en todas las dimensiones analizadas. Y esto vuelve a poner sobre la mesa una realidad: el cuidado informal sigue estando profundamente atravesado por el género.

El agotamiento del cuidador no empieza en el cuerpo. Empieza mucho antes, en ese lugar donde se acumula todo lo que no se puede decir en voz alta.

Pero ¿qué significa realmente "sobrecarga"?

Sobrecarga no es solo estar cansada. Es una palabra que intenta nombrar algo mucho más complejo.

Es la supervisión constante — ese estado de alerta permanente que no se apaga ni cuando duermes. Es la gestión de medicación, citas médicas, trámites, llamadas, decisiones. Es la reorganización de tu vida laboral, social y personal alrededor de los ritmos de otra persona. Es la carga emocional de ver cómo alguien que conoces se va transformando poco a poco.

Y es también algo que el estudio nombra y que me parece especialmente importante: el estigma. El peso de lo que no se puede contar, de lo que no se entiende desde fuera, de las veces que alguien te ha dicho "qué fuerte eres" cuando lo que necesitabas era que alguien se sentara contigo.

La sobrecarga no aparece de golpe. Se acumula. Y cuando alguien llega al límite, normalmente lleva mucho tiempo llegando — sin que nadie lo haya visto venir.


La soledad que no sale en los titulares

El mismo día en que se presentaba ese estudio, el IMSERSO acogía una jornada organizada por la Fundación Alzheimer España sobre soledad no deseada en personas cuidadoras de familiares con Alzheimer.

No son el mismo problema, pero pueden coincidir. Y que ambos hayan aparecido esta semana en el debate sobre los cuidados merece nuestra atención. Quien cuida a tiempo completo puede ver reducido su tiempo para mantener relaciones sociales, actividades de ocio y espacios propios. Las amistades se distancian. Las salidas se reducen. Las conversaciones giran siempre alrededor de lo mismo. Y poco a poco, sin que nadie lo nombre, el cuidador se va quedando solo.

Una soledad que es especialmente dura porque es invisible. Porque estás rodeada de personas — de la persona que cuidas, de la familia, del médico — y aun así nadie te ve a ti.

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Mujer cuidadora pensativa con las manos en la cara, con persona mayor al fondo en un sillón

Lo que el sistema acaba de reconocer — y lo que todavía falta

El 16 de septiembre, el Congreso aprobó definitivamente la reforma de la Ley de Dependencia. Entre los cambios más relevantes: más atención domiciliaria, menos burocracia, nuevos servicios y el reconocimiento de determinadas personas cuidadoras principales como colectivo de atención prioritaria en las políticas de empleo.

Es un paso. Un reconocimiento de que el cuidado informal existe, que tiene un coste real y que el sistema no puede seguir ignorándolo.

Pero un cambio legislativo no cambia lo que pasa dentro de casa. No cambia el agotamiento de las tres de la mañana. No resuelve la culpa cuando necesitas descansar. No le explica a nadie cómo gestionar una acusación de robo, una alucinación o una tarde de síndrome vespertino.

Para eso hace falta algo más: información, acompañamiento, y alguien que le pregunte al cuidador cómo está — no como fórmula de cortesía, sino de verdad.


Qué puedes hacer con esta información

Si estás cuidando a una persona con deterioro cognitivo o demencia, hay algunas cosas que merece la pena que tengas en cuenta.

Aprende a reconocer las señales de sobrecarga antes de llegar al límite. El agotamiento físico persistente, la irritabilidad, el aislamiento, la ansiedad constante o dejar de hacer cosas que antes te importaban son señales de que necesitas apoyo — no de que estás fallando.

Deja de considerar normal vivir permanentemente al límite. El cuidado sostenible no es el que se aguanta hasta romperse. Es el que incluye momentos de descanso y atención a quien cuida.

Reparte si puedes. No todo tiene que recaer en la misma persona. Incluso cuando la implicación de otros miembros de la familia es desigual, vale la pena intentar redistribuir tareas concretas.

Pide ayuda antes de estar desbordada. Los recursos existen — servicios sociales, centros de día, grupos de apoyo, profesionales especializados — pero muchas veces se llega a ellos demasiado tarde, cuando el agotamiento ya es severo.

Busca formación. Entender qué está pasando neurológicamente, por qué la persona con demencia hace lo que hace, qué estrategias funcionan — eso reduce la frustración y mejora la convivencia. Comprender también es cuidar.


La mirada Nortia

Llevo más de veinte años trabajando con personas con demencia y con las familias que las cuidan. Y lo que me sigue llamando la atención, año tras año, es que el cuidador llega con una pregunta sobre la persona que cuida y casi nunca con una pregunta sobre sí mismo.

No porque no le importe. Sino porque ha interiorizado que su bienestar es secundario. Que primero hay que resolver lo del otro. Que ya habrá tiempo.

Lo que la ciencia está confirmando ahora es lo que muchos profesionales llevamos tiempo viendo: el estado del cuidador no es independiente de cómo se desarrolla el cuidado. Cuando el cuidador se encuentra desbordado, también puede verse afectada su capacidad para sostener los cuidados. No por mala voluntad. Por agotamiento real.

Cuando cuidamos a una persona con demencia, el sistema suele preguntarse: ¿cómo está ella? ¿Qué medicación necesita? ¿Qué servicios requiere? Son preguntas necesarias. Pero hay una que falta casi siempre.

¿Y tú? ¿Cómo estás tú?

El Alzheimer no tiene un solo paciente. Tiene a la persona que lo vive — y a las personas que la sostienen. Y mientras sigamos tratando el cuidado familiar como algo que se da por sentado, seguiremos llegando tarde.

¿Te has reconocido en algo de lo que describes aquí? ¿Hay algo que te esté pesando especialmente ahora mismo? Me encantaría leerte.

Referencias

1. Roche España (17 de septiembre de 2026). El 60% de cuidadores de personas con deterioro cognitivo leve sufre sobrecarga. roche.es

2. IMSERSO / Fundación Alzheimer España (17 de septiembre de 2026). Jornada sobre soledad no deseada en personas cuidadoras de familiares con Alzheimer. imserso.es

3. El País (16 de septiembre de 2026). El Congreso avala la gran reforma en dependencia y discapacidad. elpais.com